puzzle pirates =)

Tuesday, August 12, 2008

requiem

Estaba sentado frente a la chimenea, llevaba horas sin articular palabra alguna y mi única preocupación era simplemente observar cómo se iban consumiendo los pocos leños que había conseguido dias antes. Las horas parecían días eternos consumidos en vanos propósitos, con pequeñas explosiones de energía apocadas con el contante silencio de la soledad y gritos ahogados entre recuerdos agobiantes.
Soñoliento, hipnotizado por el vaivén constante de las llamas sin energía, me puse de pie desganado con un fin aún poco claro, simplemente tenia unas vagas ideas de como quería que terminara esta idea.

La música rondaba mi cabeza incesante al igual que el agua corre bajo un puente, llamándome a tomarla y a hacerla mia nuevamente como años atrás cuando en aquél momento eramos uno solo. Cada nota, cada acorde clamaba por tenerme de vuelta, así que en pos de sus anhelos, accedí a tocar por última vez.

Apagué el fuego de la chimenea y del resto de las velas de mi hogar (que para ser de una clase semiacomodada estaba bastante descuidada) y me acerqué al piano de cola que había heredado de mis padres y con el cual había realizado numerosos conciertos. Ahora estaba descuidado, ruinoso, con su barniz descascarado y con la suerte afinado. También acerqué la daga que mi difunta señora había comprado a un artesano hecho especialmente para mi. Desde su muerte no me había acercado a mi viejo instrumento ni siquiera para hecharle una mirada, pero sentía cómo su energía inherte me buscaba ansiosa, deseosa de que mis experimentados dedos pusieran sus yemas en las teclas de madera, que su martillo diera en las cuerdas tensas y así dieran a luz su sonido tan placentero y melancólico. Acaricié su cubierta y la abrí para que se preparara mientras yo hacía lo mismo, destapé sus teclas y dejé mi daga sobre ellas pensativo.

Fuí a mi habitación, tomé mi traje de concierto empolvado tras meses sin uso y lo deposité sobre la cama. De pronto una luz blanquecina apareció de la nada y comenzó a circular a mi alrededor tratando de persuadirme de no continuar con la idea que estaba rondando en mis pensamientos y de la cual cada vez más estaba convencido. Con lentitud me fui cambiando de prendas, y empezé a recordar cómo había llegado a esta situación tan deplorable.
Con lágrimas ya cayendo por mis mejillas, solté mi cabello y me rearmé en una trenza elegante, que combinaba con mi vestuario. La luz insistía en que no lo hiciera, que podría sobreponerme y yo simplemente la miraba con desconsuelo, sabiendo que aquello era completamente imposible. Así que las cartas estaban sobre la mesa. Ahora veríamos cual iba a ser el resultado.

Con el candelabro que llevaba en mi mano iluminé la sala de música y dejándolo sobre la mesa de centro tras de mi, me acerqué al piano negro opaco. Acomodé el sillín con precisión y toqué un par de teclas para ver si mis dedos y el instrumento se correspondían nuevamente. Mis mejillas secas se humedecieron nuevamente al sentir cómo el eco del sonido violaba cada uno de los espacios circundantes, cómo retumbaba en mi interior y despertaba el deseo de que ella estuviera ahí a mi lado y detuviera este requiem que yo mismo iba a interpretar para mi.
Mi llanto comenzó a crecer, convirtiéndos en gemidos agónicos llenos de dolor y desesperación.

Era Hora.

Tomé la daga y corte mis muñecas con fuerza, en ángulo y lo suficientemente grandes y profundas para que la sangre no se coagulara ni impidiera el desceso que ansiaba. Mi sangre comenzó a bañar las pulcras teclas tiñéndolas de un rojizo oscuro, cual vino derramado. Mis dedos se posaron sobre las teclas y comenzé con agresividad a tocarlas. Mi velocidad iba en aumento, las altas notas de la partitura eran golpeadas con furia por mis manos en el tiempo exacto y mi pie iba dando la permanencia necesaria al sonido para que retumbara por cada uno de los espacios que ella y yo compartimos tantos años. Uno a uno, los movimientos de mis dedos variaban según la energía que sintiese, o el recuerdo que cruzace por mi mirada trasladada a mi pasado. El tercer movimiento de aquella sonata se iba convirtiendo en un estruendo provisto de furia, odio y rencor, creciendo conforme la sangre iba abandonandome. Mis lágrimas corrían y se fusionaban con las gotas de sangre que salpicaban de mis muñecas rotas bañando mi piel con un rojo desteñido. Mis dientes apretados y mis ojos desorbitados seguían la melodía, que iba acelerando, creciendo, subiendo con sus notas agudas y su ritmo maquiavélico.

Aquella luz que me seguía instando a detenerme, comenzó a llorar y a gritar conforme yo iba quedandome sin una gota del líquido vital; ansiosa comenzó a bailar al son de mi música poseída por el deseo de tenerla de vuelta y en su constante movimiento botó el candelabro a mis espaldas y el fuego se abrió camino por los muebles. En segundos la habitación ardía, al igual que mi sien sin casi nada de sangre.

Mi instrumento estaba completamente bañado en sangre, pequeñas y grandes gotas, pozas y arollos imaginarios dibujados sobre las teclas golpeadas. Una gran sonrisa se dibujó en mi rostro al verme iluminado por las llamas errantes que amenazaban con acabar con mi música. La hice sonar más fuerte, que recorriera el universo entero y que todos supieran que yo estaba despidiendome de todos estos humanos hipócritas y mentirosos que llevaron a la muerte de la persona que amaba.

Se acercaba el fin, mi cabeza comenzó a declinar y mi sonriso desapareció.... Sólo quedó el sonido de mis manos descansando sobre el teclado y el de las llamas que finalmente nos habían alcanzado. Lo último que ví fue su sonrisa y un tímido aplauso desde el vacío.

1 comment:

Anonymous said...

Me llego enormemente tu historia...me habría gustado que estuvieses, para conversar