Imposible no ponerse a evaluar fundándose en las emociones y experiencias los hechos que cada uno vive en el día a día. Nos vemos envueltos en contextos que nos piden y exigen tomar decisiones que traerán consecuencias sean éstas positivas o negativas y, como adultos que somos, debemos tener la capacidad de hacernos cargos de ellas.
Nuestras decisiones tienen consecuencias. Debemos ser responsables con lo que hacemos y hacernos cargo de lo que decimos. Somos seres pensantes, tenemos la capacidad de evaluar y tener opinión crítica y objetiva sobre todo y todos - no me vengan con tonterías, todos opinamos aún si no nos han preguntado -.
El tema es: ¿Porqué nos da tanto miedo asumir aquello con lo que nos hemos comprometido?
El miedo es la respuesta natural ante lo desconocido; es lo que muchas veces ha conseguido mantener nuestra especie y sin embargo, también el enfrentarse a ellos ha traído el mismo resultado. Tener plena capacidad de tomar decisiones nos vuelve cobardes y sin embargo la presión del medio, el contexto y entorno que puede ser el profesional, familiar, o de pareja, nos obliga a decidir constantemente. El calibre de la decisión es la que finalmente determina el temor que enfrentaremos; somos valientes para algunas cosas las cuales elegimos según nuestra conveniencia y eso nos convierte en seres irregulares, mentirosos y poco consecuentes.
Consecuente = consecuencia.
Entonces me vuelvo a preguntar: ¿Qué nos hace consecuentes con nuestras decisiones?
Luego de pensar y analizar distintos factores bajo mi poca experiencia personal y datos obtenidos tras largas conversaciones con mi entorno, lo que finalmente nos hace consecuentes, es la seguridad del beneficio posterior. El mártir ya no existe, somos seres competitivos y si podemos hacernos con el éxito de otros, lo intentaremos al menos. Ya no existe la libre competencia, el honor y la verdad. El concepto de mártir se ha tergiversado, victimizándonos para poder obtener un beneficio posterior.
Mi gran problema al entender este concepto con esa definición que le entrego es que finalmente no somos consecuentes si no oportunistas. "Hago lo que me conviene, ya que de esa forma conseguiré un beneficio posterior".
Personalmente me acepto como una persona muy manipuladora. Logro comprender personalidades y contextos en muy poco tiempo y a través de eso puedo ver de qué forma puedo conseguir mis objetivos.
¡Pero ojo!, el aceptarme manipulador no cambia el hecho que trato, mucho más que el resto, de ser consecuente con mis decisiones, con mis palabras, con mis acciones. Contrario a muchas personas que conozco, de mi entorno más cercano, me hago responsable de todo y lo he hecho desde siempre. Recuerdo una ocasión en particular cuando estaba estudiando en mis primeros años en que hice algo que lo consideré una broma, un dibujo en el papel mural de mi curso, y que fue considerado un insulto para la institución donde estudiaba y muy fuera de lugar para la edad que tenía. Cuando la profesora preguntó quien había sido el ejecutor de aquello, me puse de pie y dije que yo era el responsable - no mentiré, estaba muerto de miedo - ante lo cual la pedagoga respondió que no se esperaba que asumiera mi responsabilidad "como un hombre", según sus palabras y que sólo por eso iba a librar del castigo.
Esa es la actitud que prefiero cultivar, el ser responsable conmigo mismo, de mis actos y mis decisiones; hacerme cargo de las consecuencias que éstas traen y que esta honestidad contagie a mi círculo y que al menos tengan la decencia de responderme de igual forma.
Lamentablemente, no es así.
Sunday, September 22, 2013
Consecuente, consecuencia
yo soy:
Adar
los
11:46 PM
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