Estaba sentado en la mesa observando el vano intento de mi hermana por conseguir que mi prima le pasase la ensalada. Estaba atardeciendo y las fiestas se habían tomado la ciudad, gente colmando cada centímetro de las aceras para alcanzar a conseguir aquel regalo que reivindicara cualquier error cometido.
De cuando en cuando llevaba un bocado a mi boca, lo masticaba desganado y lo terminaba tragando con un sorbo de mi bebida. El ruido era constante en la mesa y todos hablaban animados sobre las anécdotas que se construyeron a lo largo del año para determinar quien fue el más afortunado o en su defecto, el más desdichado. Como siempre, me dedicaba a observar sin participar.
La noche estaba por caer y el clima, relativamente caluroso durante el día, comenzaba a apaciguarse alcanzando una temperatura que se tornaba agradable. Mi teléfono vibró en mi bolsillo con suavidad y no presté mucha atención. El movimiento se tornó constante así que me excusé con mi familia y me levanté a responder.
- Stephane, ¿Cómo estás?, ¿Estás ocupado?- Reconocí la voz, sonreí.
- Karina, ¡Hola!, no, no, estoy cenando con mi familia pero ya estábamos terminando- Respondí con ánimo.
- ¿Puedes salir un momento?, me encuentro en la entrada de tu departamento-
- Claro, dame un minuto, iré enseguida-
Corté y me acerqué a la entrada. Abrí la puerta tras girar la llave como es mi costumbre, tres veces, y abrí. Ahí se encontraba Karina, hermana de una de mis mejores amigas y además colega, amiga mía también y a quién no había visto hacía casi un año, a pesar del contacto relativamente constante mediante las nuevas plataformas sociales. Delgada como siempre, llevaba un vestido negro ceñido en el torso y que se alargaba al bajar por sus caderas; su pelo negro suelto resaltaba su rostro siempre sonriente y su mirada directa característica se clavó en mí. Me sonrojé.
La invité a pasar con un gesto de mi brazo abriéndole paso al cual ella respondió atravesando el dintel con gracia. Le indiqué el camino al comedor donde ya no quedaba nadie más que mi hermano, quien me esperaba con una taza de café como dicta nuestra costumbre. Le indiqué un asiento a mi lado a mi visita y le ofrecí una taza de café mientras los introducía a ambos.
Bebimos el café con ánimo, conversando sobre algunas anécdotas propias de un reencuentro y mi hermano dejó el comedor para ir a buscar a su pareja. Junto a mi sorpresiva invitada continuamos la dinámica conversación hasta que cayó la noche.
Luego de un largo silencio, nos miramos a los ojos y en la comisura de su boca se empezó a dibujar una tímida sonrisa que hablaba de algo más profundo a lo que estaban acostumbrados a mostrar y sus ojos recorrían mi rostro. Mi corazón comenzó a acelerarse y a latir cada vez más fuerte; tan fuerte que pensé que ella sería capaz de escucharlo. Respondí al silencio con una sonrisa nerviosa y con una voz algo tímida y temblorosa le pregunté:
-¿Quieres salir a caminar?, hay un clima agradable esta noche- Tragué saliva.
- Claro, vamos - Respondió, con un toque coqueto en su rostro.
Salimos del inmueble. La noche efectivamente estaba agradable y el clima templado permitía una temperatura que no generaba un excesivo calor pero tampoco caía en el frío. Perfecta para caminar con alguien.
Continuamos la conversación. En ocasiones bromeábamos sobre el tiempo que ambos compartimos ciudad pero que nunca aprovechamos; anécdotas varias sobre la universidad, amigos, fiestas, etcétera. Poco a poco nos íbamos acercando más y más. Ella tomó mi brazo y acercó su cabeza a mi hombro y resultó bastante cómodo caminar de aquella forma, como si nuestra morfología hubiera estado diseñada pensando en ello.
Entonces nos sentamos en una banca de una plaza cercana. Habían pocas personas alrededor: unos niños gritando en el sector de los juegos infantiles; una pareja observándolos probablemente sus padres; unos ancianos caminando con sus cabezas agachadas y hombros cansados y por último nosotros, ubicados en el sector menos concurrido del espacio público.
Ella se acomodó a mi lado y de cuando en cuando apoyaba su cabeza en mi hombro, tal cual lo hizo mientras caminábamos. La cercanía alcanzada en ocasiones era tal, que su aroma se hizo presente y me distraía de algunas de sus palabras; las risas nacían y las bromas seguían una tras otra hasta que, como si hubiera un acuerdo implícito entre los dos de romper con el tabú impuesto en silencio, tocamos el tema de nuestras respectivas parejas.
-¿Cómo estás con tu pareja?- Susurró ella con un dejo de melancolía en sus palabras, como si la pregunta se la hiciera a sí misma conociendo de antemano su respuesta.
- Honestamente, para nada bien aunque no tengo mucho ánimo de hablar del tema -
- Discúlpame, no quise ser impertinente-
- No, tranquila. No tienes porqué saber que las cosas están así y el preguntar no te convierte en culpable de nada. - Le sonreí - Y en tu caso, ¿Cómo se encuentra tu relación?.-
- Digamos que en una situación similar, tampoco tengo ánimo de tocar el tema -
Ambos guardamos un silencio a través del cual pareció que se había alcanzado un mutuo acuerdo de no volver a mencionar aquello que nos acomplejaba. Nos miramos a los ojos y se notaba una tensión importante entre ambos ante lo cual ella respondió con una sonrisa. Su mano se acercó a mi mejilla y el tacto frío de su piel en mi rostro me estremeció. Mi corazón se aceleró y ella pareció sentirlo. Se acercó a mi cuello y lo besó suave y sutilmente sin moverse demasiado de su posición original.
Millones de pensamientos cruzaron por mi cabeza. La velocidad de la sinapsis alcanzada generó una lluvia de imágenes sobre los probables escenarios a seguir como respuesta a su accionar para finalmente no hacer absolutamente nada. Estaba congelado.
Sin mirarme se acomodó nuevamente. Giré mi rostro y sin meditar, sin pensar como había hecho segundos atrás, besé su frente y me reacomodé quedando muy cerca de su rostro.
La mirada entre ambos fue intensa. El lenguaje implícito era profundo y, como si se tratase de una película en cámara lenta, los movimientos parecían eternos y el contexto a nuestro alrededor prácticamente desapareció, concentrando el cuadro en los dos. Sólo nos mirábamos.
- Nadie puede saber de esto - Dijo ella susurrando
- Lo sé - Me alejé - ¿Te parece si continuamos caminando?.
Asintió.
Nos pusimos de pie y continuamos caminando, esta vez un tanto más silentes y con menor vigorosidad a los momentos previos a esta fuga veloz a la realidad de cada uno. Esta repentina solemnidad me llevo a un estado de seriedad propia de mi personalidad, donde mi rostro pasa de no tener expresión alguna a alcanzar facciones con mucha severidad, quizás más de las que realmente estoy sintiendo. Por otra parte, Karina se encontraba con su rostro un tanto ido, pero mantenía su sonrisa característica donde sus pómulos se marcaban gentilmente.
- Está helando un poco más - comenté con la intención de recuperar el ambiente previo.
- Sí, es verdad - respondió ella con una recuperada energía - Te noto algo tenso, ¡Sonríe, hombre!-
Entonces se paró frente a mi. La observé con paciencia y me fijé en cada detalle: desde cómo el vestido vestía su torso acentuando su morfología femenina, bajando por su cintura para expandirse al llegar a sus caderas, cayendo como su buscara el suelo, hasta cómo el escaso viento nocturno jugaba con su pelo desordenándolo de cuando en cuando, obligándola a tener que quitarlo de su rostro y de su boca. Su piel pálida contrastaba con el oscuro de su vestido y su pelo, y sus ojos cafés se oscurecían con las sombras propias del juego constante de luces que nacían con el movimiento de las hojas de los maltratados árboles circundantes.
- ¡Ya! - Espetó sorpresivamente - Quiero abrazarte así que tienes que dejarme, ¿De acuerdo? -
- De acuerdo - respondí entre risas. Logró romper la solemnidad con su característica decisión.
Se acercó y me brindó un fuerte abrazo.
- Estás muy tenso, hombre. ¡Relájate!-
Se acercó nuevamente sólo que en esta ocasión su actitud era distinta. Sus brazos rodearon mi cuello ante lo cual respondí, aún un tanto nervioso, tomándola de la cintura con mis manos para acercarla con suavidad a mi. El contacto con su cuerpo de esa forma me llevaron a sentir un tremendo calor en mi interior, calor que no había sentido en mucho tiempo; mi corazón nuevamente se aceleraba y latía fuertemente sólo que en esta ocasión, pude sentir que el de ella se encontraba en las mismas condiciones. El erotismo del momento fue creciendo con cada centímetro que nos acercábamos. Podía percibir cómo se iba agitando levemente su respiración; cómo su boca se entreabría y sus ojos se iban cerrando mientras sus manos se aferraban a mi nuca con sutileza. Mi cuerpo reaccionó, sentí deseos de besarla. Acerqué en respuesta mi rostro al de ella; mis brazos terminaron por rodear su cintura y presionándola suavemente contra mi cuerpo, rocé sus labios. Sonreí.
Con una sonrisa de vuelta, ella se alejó unos centímetros para mirar mi boca y luego clavar sus ojos en los míos. Sonreímos nuevamente y, tal y como habíamos conversado momentos atrás, sería nuestro pequeño secreto.
Cerramos los ojos y nos fundimos en un suave y largo beso. Sus manos alternaban sus caricias entre mi espalda y el desorden que provocaba en mi pelo, mientras que yo la atraía a mi con firmeza pero suave, presionándola contra mi cuerpo; acariciando su espalda y rostro. Nuestros labios se rozaban, se presionaban, bailaban siguiendo la música dictada por un deseo reprimido por muchos años y que de cuando en cuando, se dejaba ver entre broma y broma.Nuestras bocas abiertas, daban paso a que nuestras lenguas se conocieran, tímidas y anhelando una pasión más desatada pero siguiendo el ritmo propio del momento. Poco a poco la contención propia del nerviosismo fue disipándose para dar paso a una respiración mucho más agitado por parte de los dos, con suaves quejidos amplificando el calor que la situación provocaba.
Nuestros cuerpos se apretaban mutuamente, nuestras manos buscaban, subían, bajaban, afirmaban el rostro con propiedad sin perder el tacto fino. De cuando en cuando una sonrisa se dejaba escapar y los constantes latidos fuertes eran fácil de distinguir cuando su pecho estaba presionando el mio. La ropa ligera propia de la estación, permitía poder sentir con mayor fidelidad su cuerpo femenino. La sensualidad propia del momento iba en aumento hasta casi caer en el descontrol.
Me alejé un poco de su boca y besando su rostro, seguí hasta su cuello que me pareció exquisito, largo. Sólo rocé con suavidad su piel continuando mi camino hasta su clavícula, seguí por su hombro y volví a su boca; mis manos continuaban abrazándola con firmeza, presionándola contra mi. Ella respondió de igual forma y besó mi cuello, escondiéndose en mi pelo enredado, provocando que mi deseo por ella aumentara de forma exponencial y, por lo que ella me demostraba, de forma recíproca.
Así continuamos variando entre intensidad y contacto y después de un rato, que pareció mucho más largo del que realmente fue, la tomé por sus caderas con suavidad ante lo cual ella respondió con un beso final, juguetón, acompañada por una risa nerviosa nacida en su interior. Mis manos, sin haberme dado cuenta, estaban peligrosamente más abajo de su cintura; ella pareció no prestarle mayor importancia,
Nos miramos unos momentos, sonrientes, nerviosos.
Sin saber qué decir, me tomó del brazo como veníamos y continuamos nuestro camino. Nos dirigimos a mi departamento donde pudimos dar rienda suelta a lo iniciado en esa templada noche, cómplices entre las sombras y permitiendo soltar las amarras de una comunicación nerviosa e insinuadora por años que desde ahora en adelante sería un secreto acordado en silencio, lleno de complicidad y una alegría renovadora.