La banca de color celesta se veía a maltraer. Los años desde su construcción eran evidentes y cada una de las estrías que componían su relieve, daban cuenta del pasar del tiempo.
Entre sus grietas, se podía observar la tierra acumulada, la falta de cuidado y su exposición a la historia.
No eran más que señales de que el tiempo, para todos, inevitablemente nos llega a cobrar factura.
Él estaba sentado en una banca frente a la observada. Sus pensamientos divagaban entre cada línea errática que iba abriéndose camino, y las palabras que las personas que lo rodeaban emitían sin sentido alguno, ni intención aparente.
Cada hoja que dibujaba las sombras que se proyectaban en sus rostros, se mecían con la suave brisa del caluroso día laboral, donde las responsabilidades y programación dictaban pauta del curso a seguir en la jornada.
La líder del equipo emitía sus opiniones, emitía sus directrices y cada uno de los integrantes, opinaba con energía cuando era su turno. Él no, él no podía concentrarse, la demacrada banca era más interesante.
"Es como la banca de mis abuelos", pensaba. Distintos colores demacrados por el sol implacable, pero su esencia era la misma. El tiempo nos hace correr sin descanso hasta que ya no tenemos fuerza y nos cobra cada acción que tomamos para poder evitarlo.
La conversación del equipo seguía su curso. Los encendedores despertaban su llama para quemar las primeras hojas secas que se asomaban en cada uno de los cigarrillos que eran consumidos, en el afán de alargar el momento, la estancia y la instancia, del espacio que habitaban.
Ese presente vago que pretendía de forma implícita, e ilusa, programar el futuro. Ese presente que en realidad no existía porque, en su mente, su corazón, no había nada más que las grietas de esa banca.
Sus recuerdos se agolpaban, llenando sin descanso cada pensamiento, cada emoción. Cada grieta era otra herida cicatrizada donde se vio forzado a entender la vida y su crueldad.
Cada estría que se unía a otras en un camino orgánico, era la representación de sus propias experiencias, de sus propias vivencias, de su propio dolor.
De cuando en cuando, entraba en la dinámica de la conversación, siempre con la esperanza que sus propias palabras pudieran callar el grito doloroso del tiempo que lo formó como persona. Cada palabra, cada sonrisa, no eran más que el reflejo de un aprendizaje a la fuerza, y que la vida le mostró para poder funcionar ante cualquier dificultad.
Sin embargo, esas grietas, esas cicatrices, el color desteñido del tiempo, no hacían más que reflejar su propia historia. Las lágrimas se amontonaban en sus ojos retisentes a liberarlas. El nudo en la garganta remembrante de aquellas experiencias se apretaba con rabia. No era otra situación normal, algo estaba gatillando esa emoción desbordante.
El murmullo de la conversación se desvaneció, y los primeros recuerdos de su niñez florecieron como un cuadro en movimiento. Las líneas de aquel día de verano se dibujaban con claridad, hasta que la voz de su abuelo rompió el silencio de su memoria
Se sentó a su lado, lo miró con la severidad y amor que sólo un alma vieja puede tener. Los detalles de sus arrugas en el cansado rostro que vestía, no eran más que los vestigios de la experiencia por la cual había transitado por más de ocho décadas; pero las líneas continuaban dibujando el movimiento a través del cual la persona que más admiraba, le hablaba con la dulzura y tranquilidad que acostumbraba. Era un momento sin sentido en ese acto, una de esas conversaciones que parecen triviales y que sólo cuando la persona está lista para entenderla, cae en la cuenta y agradece con el fervor propio de quien ha comprendido una valiosa lección.
Han sido décadas, han sido noches cargadas de soledad y tristeza, sin poder encontrar de nuevo el consejo de quien más admiraba. El dolor de la despedida natural, el dolor del silencio y no poder volver a encontrarlo.
Los demás a su alrededor habían encendido otro cigarrillo más. "Creo que ya llevan 2 o 3". Miró su cajetilla, revisó las colillas restantes de los que él consumió. "5 cigarrillos..." pensó.
Nuevamente se disoció del entorno, participando de forma automática a las diferentes interacciones humanas que a esta altura, ya le parecían aburridas. La cicatriz de la mano derecha de su jefa, probablemente una herida de batalla de sus años de formación académica. El pelo desordenado de su compañero, meciéndose al viento fino y desarmado, queriendo evitar que su destino de llegar a ser pelado por la edad, fuera evidente; su otra compañera mirándolos con desdén y distante, sabiendo que ellos hablan a sus espaldas.
El encendedor se enciende una vez más, otro cigarrillo se descompone en forma de humo.
"Tenemos que ver cuándo se desarrollará el proyecto de limpieza y reconversión para tratmitar con el ministerio" escuchó a lo lejos por parte de su jefatura. Asintió con la cabeza con suavidad ya que el nudo en su garganta era cada vez más fuerte. Sus lágrimas caían sin que el resto pudiera darse cuenta y cada centímetro que volvía a recorrer, lo llevaba a esa habitación donde su abuelo le estaba dando el consejo más importante de la vida.
"Con calma, y buena letra".
Sonrió, triste. Se despidió de su recuerdo apagando el resto del cigarrillo.
Y la banca frente a él, simplemente resistía al tiempo, llena de arrugas, estrías, heridas y cicatrices, con la tozudes y fuerza que la sangre de su sangre había inculcado desde su más tierna infancia.
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