La noche estaba helada. La neblina comenzaba a bañar con su rocío cada fachada, cada hoja que se aferra con dulzura y fortaleza a la rama que no la deja caer.
El caminar incesante de rostros desconocidos, pocos, pero evidentes, acompañaban el silbido del aire que se mezclaba con la oscuridad asfixiante de quien se mantenía a la espera.
Una espera silenciosa.
Una espera agotadora.
Una espera que llegaría tarde o temprano a su fin.
El chasquido del encendedor alumbró por un momento el rostro serio y carente de sus expresiones. Sus manos cubrieron la gentil llama que entregó la sentencia de muerte a ese cigarro, y que con su humo, llenaría los pulmones que con bocanadas largas, buscaban entibiar su cuerpo y alma congeladas, a quien aguantó por una vida este momento; este momento que llegó sin pedirlo, este momento que llegó sin querer, este momento para el cual no sabía que estaba preparado.
Como el samurai que entiende el valor del filo de su espada al blandirla al viento, y escuchar su rugido ensordecedor, capás de retorcer el corazón de su adversario. Como el tigre que descansa mientras observa el horizonte atardeciendo, o como el monje que se conecta con la plegaria antes de dormir.
Todo en su mundo imaginario había sucedido de tal forma, que las piezas se configuraron para poder entregarle un sentido a todo lo que había escrito. Una visión romántica y profunda de quien anhela conectar con alguien más. Un deseo inalcanzable para quienes habían recorrido un camino tortuoso y agotador, lleno de malas decisiones, lleno de escaras y cicatrices.
Esa alma magullada, esa mirada perdida, ese devastador silencio, no pedían nada más que una cosa: un final feliz.
Pero la realidad no respeta las líneas que se imaginan, ni pinta con los colores que anhelamos. Nunca dará en el gusto ni regalará ese cuadro maravilloso, por muy soñadores que sean las personas que se atreven a llegar a ese punto. Por que la vida no es más que una cadena de momentos sin sentido ni piedad.
En ese final imaginario, él lee la carta con la paciencia y tranquilidad con que sus emociones fueron transcritas delicadamente sobre el papel roneo. En ese final imaginario, ella le escucha con silencio y respeto, incluso emoción. En ese final imaginario, al terminar de leer, él le confiesa que está abajo, afuera de su hogar.
Que no hay más distancia que la que ellos puedan definir como tal.
Que no hay más miedos que aquellos que puedan arrastrar de vidas pasadas.
Que no hay más tristezas por un segundo, y que por ese segundo, ese eterno segundo, no existirá un mañana, ni un ayer, sólo un presente.
Porque,¿cuánto llega a durar un segundo si este se vuelve eterno en la memoria de dos personas que se encuentran sin miedo, en una noche como esta, en una noche como tantas que han vivido millones de personas en la historia? Un segundo puede durar una eternidad.
- Estoy abajo. Te espero. Ven. Abrázame. Déjame besarte. Déjame caminar a tu lado. No quiero salvarte, quiero acompañarte. Ven, te invito a caminar conmigo -
Su respuesta silenciosa torna el ambiente aún más gélido. El frío cala por cada fibra de la pobre tela roñosa que lo viste. Una tela gastada con la experiencia y uso de quien se permite soñar de vez en cuando; que se dedicó a crear realidades y expresiones para él mismo poder sentir.
Se corta la llamada. Su corazón late a mil. Como si la furia de los pedales de su baterista favorito, retumbaran a la velocidad que su bombo era golpeado sin descanso.
La niebla desdibujaba las siluetas. Las luces se fragmentaban con los cristales del rocío. Y en ese mar de oscuridad, esa tela bañada con la amarilla iluminación baja de los postes que se fundía con cada hoja, su silueta emergió.
No hubieron palabras. No hubieron nada más que miradas.
Ella se acercó, él caminó en su dirección. La sostuvo entre sus brazos y gentilmente, con una mano en su mejilla helada, se acercó para besarla.
Sus labios encontraron el calor que despedía el fuego interno que los sostuvo hasta ese momento. Sus brazos rodearon sus cuerpos para fundirse en un sólo ente maravilloso, místico. Sus respiraciones entrecortadas y profundas, se intercalaban con la emoción de sentir a la otra persona en ese estado puro. Ese beso terminó por derretir el hielo milenario que ambos habían protegido con recelo. Ese abrazo los unió para siempre en una historia fantástica, de esas que sólo se imaginan o leen en los cuentos del medioevo romántico. Se miraron, se descubrieron. Se aceptaron, se entregaron.
Ese momento lo fue todo.
Repasó toda la historia, desde los pequeños saludos distantes, hasta la primera vez que la vio. Con esa polera de color rojo que hacía brillar su piel y su sonrisa. Esa caminata en que él le confesó que sus emociones habían despertado nuevamente. En esa cita donde se conectaron sutil y suavemente.
Recordó su mirada, recordó su boca, recordó su sonrisa.
Ella lo fue, es y será todo.
Y entonces lo aceptó.
No había sido ella quien bajara. No había sido ella quien lo viera sin los escudos y caretas que ocultaban sus dolores y sus tristezas; No había sido ella quien respondiera. Ese beso no existió. Ese beso nunca debió existir. Ese beso no fue más que la ilusión que la última bocanada de su cigarrillo le permitió. Y con ese último grito ahogado, pisoteado y borrado de su existencia, la historia terminó.
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